lunes, 22 de septiembre de 2008

Consigna: Monólogo de un personaje de género opuesto, que habla de un objeto perdido

Estoy contenta porque me acaba de llamar. Todavía resuena su voz como el chirrido de un pájaro. Se reía porque yo le dije que valláramos despacio. ¿Qué le habrá causado gracia? Yo veo muy serio lo que le dije. Aunque… pensándolo bien, ni yo misma me creo eso de “ir despacio”. Si no veo la hora de inspirar esa boca llena de rosas. Pero tranquila, sino se va a creer que estoy totalmente loca por él. Yo le voy a demostrar que no es así. Que si se la cree no va a tener nada de mi. Porque hoy se hace el canchero y mañana, como sabe que me tiene ahí, no me da más calce. Pero ¿De qué te estas atajando Valentina, si ni siquiera pasó nada? No sé, por las dudas, porque cuando una no se regala después te valoran más. Mira lo que pasó con Gonzalo. Ese si que me uso de lo lindo y me dejó recontra tirada. Mi mamá me lo había dicho (como la odio cuando tiene razón) “Valentina ese chico no es para vos”. Dicho y hecho. Todo terminó. Como lo había predecido la gran bruja de la familia. Pero con Ale no va a pasar lo mismo. Él es buenito, no me puede hacer daño, pero que no se haga el cancherito por que conmigo no va esa. Bueno, tampoco que sea un boludo, bueno no sé, que sé yo. Estoy tan feliz! Soy tan feliz que podría ponerme a cantar arriba de la ventana imitando a Britney. El otro día estaba cantando y entró el pendejo y empezó a burlarse de mi y a esparcir por toda la casa que yo me hacia la cantante. Casi me muero de vergüenza.
Me gusta mirarme al espejo mientras bailo y canto. Me imagino que estoy en un recital con todos mis fans adorándome y entre ellos está Ale y yo lo veo desde arriba del escenario y entonces le tiro una sonrisa cómplice que él acusa al instante. Ahora pienso ¿qué diría si me viera bailando frente al espejo? ¡No!, ¡no!, ¡me muero de vergüenza! ¿Y si me viera la de geografía?, diría: “mirala a la flaquita… tan modosita que parecía”. Y si, seguro que diría eso, pero yo odio que me traten como la “correctita” del curso, la alumna ejemplar. Todas esas viejas que te encasillan el primer día… claro te ven calladita… después le podés decir que las vacas vuelan que te aprueban igual. Yo creo que a Ale le debe pasar lo mismo, pero a la inversa. Pobre, el primer día de clase, el de educación cívica lo mandó a sentarse adelante de todo y ¡solo!, vaya a saber por qué, quizás haya visto en él la reencarnación de luzbel o algo por el estilo. Pero no me importa todo eso. Hoy estoy bien y lo único que me importa es Ale. El me puede hacer sentir menos correcta, un poco más divertida. Con él no necesito hablar en voz baja. Él es como una cosquilla enorme que me come por dentro. Quisiera contarle a pipo todo esto pero no lo encuentro por ningún lado. Pipo es mi diario íntimo. Es como una parte de mí. ¿Dónde estará? Siento que si no le escribo me va a estallar el corazón. El otro día lo escondí acá pero ahora no está. Es que lo escondo tan bien que ni yo misma me acuerdo donde lo meto. Lo que pasa es que el pendejo me lo agarró varias veces y en una corrió a mostrárselo a mis padres que no paraban de reírse y burlarse de las cosas que había escrito. Me sentí muy mal ese día. A partir de ahí nada fue igual.
Empecé a esconderlo de un lugar a otro para que nadie lo encuentre. Y justo ahora que tengo tantas cosas que contarle, no lo encuentro por ningún lado. ¿Y si lo llamo? No, va a pensar que estoy desesperada. Mejor no. Que venga él. Ya estuve desesperada por un alguien y lo único que logré fue sufrir como una idiota. Pero por ahí ahora es distinto. No lo sé. No sé dónde lo puse. Y lo necesito porque en estos momentos me gustaría tenerlo cerca de mí. No me quiero crear falsas expectativas, quiero ir despacio, que todo se vaya dando naturalmente, si es que se tiene que dar claro. Que todo sea ordenado, en su perfecto lugar. ¿Pero donde estarás? No si seguro, si no se concreta no voy a sufrir como sufrí con Gonzalo. Por eso yo estoy tranquila y trato de no confundirme. Yo me tengo a mí y con eso me basta, ¿Lo deje en el armario? Porque si empiezo a engancharme después no me puedo controlar, lo mejor es distancia. Es así, tengo que ir despacio. Pero, ¡como me gusta cuando se ríe! ¡Se ríe todo el tiempo! Si es verdad pero no se lo tengo que demostrar y la mejor manera de no demostrárselo es no sentirlo, esconderlo. ¿Dónde lo dejé? Porque ellos saben cuando vos estas loca por ellos y entonces se aprovechan ¿Dónde estará? ¿Debajo de la cama? No, ya busqué ahí. ¿Qué hago? Ves, ya no me banco. Cuando empiezo a dudar me pongo de mal humor. ¿Pero dónde habré guardado mi diario intimo? siempre me pasa lo mismo, tengo tanto cuidado con él que termino perdiéndolo. ¿Donde estará?

Pablo Scoccimarro

sábado, 20 de septiembre de 2008

Promoción 75

Ellas son siete compañeras de curso, que terminan el quinto año de la escuela Nº 10, “Juan Andrés de la Peña”, en ese entonces, institución que recibía solo al sexo femenino, ubicada en el barrio de Pompeya. Son egresadas 1975.
La foto en blanco y negro, refleja que cinco de ellas miran a la cámara, mientras otra intentó hacerlo, pero el reflejo de sus ojos cerrados queda plasmado en la foto ahora impresa, al igual que la mirada de una de sus compañeras que voltea hacia otro lado.
El largo de sus guardapolvos es más extenso que el que se percibe en las alumnas de las escuelas públicas por estos tiempos, quienes tampoco muestran el uso de medias hasta las rodillas y, por lo general, zapatos.
Sus apariencias las hacen ver más grandes de lo que en realidad son, será el estilo de sus uniformes, la forma de sus peinados.
Son siente adolescentes que concluyen un ciclo para dar comienzo a otra etapa en sus vidas, etapa que les depara nuevas responsabilidades, varios caminos para elegir, o no, otros compromisos.
Romina Paolucci

Un encuentro de calma

Se baja del colectivo con lágrimas en sus ojos, es inútil secarlas porque ruedan por sus mejillas una y otra vez. Camina con la cabeza baja mientras carga una desilusión que se manifiesta con bronca y dolor. En la parada solitaria del otro colectivo que tiene que tomar, espera con impaciencia, solo quiere llegar a su almohada y sentir sus caricias. Entonces, una flor que nunca antes vio, se le aparece frente a sus ojos mojados que miran el suelo. La agarra con sorpresa, luego levanta la vista y lo ve a él, un chico un poco menos joven que ella, con los ojos más lindos que alguna vez notó. Sin dejar de mirarlo se le escapa una mueca de sonrisa débil que no la deja mostrar sus dientes. Siente que ese acaba de ser el detalle más lindo en el momento más justo.
Entonces, sin decir nada, el la invita a sentarse en el cordón de la vereda. Ella, algo incómoda con sus lágrimas que, por alguna razón ahora se hacen más intensas, se concentra en de dejar de llorar, pero no puede. El empieza a hablarle, y así, la atrapa con sus palabras, con su humildad, con su espontaneidad. El tiempo se para, la vida les muestra un encuentro especial. Mientras tanto, el la hace reír, no deja de regalarle una sensación que nunca antes la invadió, que sin darse cuenta hizo desaparecer sus lágrimas. Ella mira sus ojos, como hipnotizada, y ve en ellos, tan segura como si conociera esos ojos desde siempre, el reflejo de otra desilusión. Entonces, le pregunta porqué tenía la flor y el le cuenta que intentó usarla para calmar algo, pero que de nada sirvió. Entonces se miran, como si ambos sintieran lo mismo, después de todo es ella quien tiene la flor ahora, y quien se siente llena de calma, de paz, por un momento o tal vez para siempre. Pero ella siente que aquella flor no le transmitiría calma si él no la llevara consigo, si no fuera él quien se la diera, sino fuera su presencia la que acompaña esa flor. Y el siente que logró, sin esperarlo, algo que con otro alguien no pudo. Entonces, la cama lo invade a el también.
Viene el colectivo, ambos lo paran sin decir una palabra y se suben. Los dos bajan en la misma parada porque viven en el mismo barrio, aunque nunca antes se cruzaron, hasta hoy.

Romina Paolucci


jueves, 18 de septiembre de 2008

LO QUE EL AMOR PROHIBE, O NO.



Esta historia transcurre en el antiguo pueblo de Montecarlo, al oeste de Inglaterra.
En esta ciudad, como en todas, existe la iglesia a la que concurre todo el pueblo cada domingo a participar de la santa misa. Y es precisamente en esta Iglesia, en donde conoceremos al personaje principal de este cuento.
Para eso, nos situaremos en el altar de Iglesia.

El viejo Párroco Juan está leyendo una lectura. Cerca, un joven sacerdote con cierto nerviosismo lo observa sentado en silencio.

El viejo párroco concluye
-“El Amor es paciente, es servicial… todo lo cree, todo lo soporta”. Y hablando de amor, les quiero presentar al nuevo sacerdote de la comunidad. Recién egresado del Seminario de Córdoba que, en su primer destino, tuvo la suerte de volver a sus pagos. Es el Padre Marcos.

El joven sacerdote, impecable de pies a cabeza, se pone de pie. Se acerca al atril y comienza a hablar.

-¿Cómo están? Como les dijo el párroco, soy nuevo. Pero en el oficio, no en el pueblo: justamente en esta Iglesia, tomé tan importante decisión de ingresar al Seminario Mayor, 9 años atrás. Indudablemente y por lejos, la bisagra de mi vida.
Vivir es, precisamente, honrar al amor. Hay tantas maneras de morir día tras día que nos aflige más cuidarnos que entregarnos… Y no hay que olvidar que quien mezquine su vida, la perderá.

Se siente emoción en su voz.

El acto de entrega debe ser total y no estoy hablando sólo de esta profesión, sino en la vida toda, en lo cotidiano, a la pareja, a los alumnos, a los vecinos. Porque en eso consiste vivir. En ser capaz de valorar todo lo pequeño y lo grande que nuestro Padre ha puesto en nuestro camino, incluso los obstáculos, que están para probarnos y purificarnos, como el fuego al oro prueba.

El sacerdote joven, siempre con su atuendo de cura, entra a un negocio de telefonía celular en el centro del pueblo. Allí, se encuentra con una joven mujer que está de espaldas a la puerta, acomodando cajas.

-Hola. Estoy buscando un pequeño teléfono. ¿Estoy en el lugar correcto? –dice él, simpático.
-¡Claro! -dándose vuelta, la mujer interrumpe la última palabra y la termina susurrando, sorprendida por la persona a la que ve.

En ese mismo instante, un segundo se convirtió en años, pero en años pasados. Entre extrañado y sorprendido el joven sacerdote, no hace más que decir un nombre.
-¿Lucrecia?-
-¡Marcos! ¿De verdad sos vos? ¡Que cambiado estás! ¿Hace cuánto llegaste?
-Hace tres días, pasa que estuve acomodando mis cosas y ultimando detalles para la fiesta patronal. Sólo nos quedan dos semanas y...
-¿Te mandaron a esta comunidad? ¿Cómo hiciste?
-Pasa que terminé con el mejor promedio de mi promoción y el director me dio a elegir el lugar de destino de mi misión… Pero vayamos a lo nuestro. Tengo algunas cosas que atender en la Parroquia…
-No hay problemas, “Padre” –con tono irónico-. ¿Qué tiene en mente?

El sacerdote compra sin dar muchas vueltas un pequeño celular, el más modesto. Al terminar con su compra, se despide rápidamente, como tratando de escapar de esa situación algo incómoda. Seguramente más adelante, con el pasar de las palabras, entenderemos el porque.
Pero ahora, volveremos por un rato a la Iglesia. Al mismo altar del cual les hablé hace un rato.

Ahora, el Párroco hace la bendición final. El joven Sacerdote desarma la mesa y acomoda, detrás del atril, las cosas que se usaron.

Pero algo raro pasa este día, Marcos lo siente, algo dando vueltas en el aire.
Era ella. Se acerca Lucrecia, a sus espaldas. Él se sorprende y no puede disimular sus nervios.

-Vengo a invitarte a cenar, pero no te aflijas… Es con mi familia.
Marcos trató con un “no, estoy atrasado con la fiesta patronal” y otras historias, y después de buscar inútilmente una excusa que convenza a Lucrecia, terminó accediendo a esta invitación. Entonces, más distendidos, conversan de cosas varias. Se nota compañerismo entre ambos. Una vez convenidos horario y día para la cena, Lucrecia se despide.

-Nos vemos mañana ¡Ah! Por cierto, lindo sermón el de hoy…

En ese mismo momento entra el Párroco en esta escena. Éste, que tiene años de sabiduría y vida recorrida, lo nota distinto al Padre Marcos. Pero para tratar de romper el hielo, le pregunta:

-¿Llevaste las cosas de la Capilla San Pablo? Recién me llamaron para…

Marcos, interrumpiendo le contesta -Sí, ya está. ¿Puedo conversar con usted?
-Seguro. Nos debemos una charla. No conversamos desde que llegaste.

Cada vez estamos más cerca de saber que pasó entre Lucrecia y él.
El párroco y Marcos se sientan en el costado del altar.

-Capaz suene a confesión y, en parte, lo es. Como sabrá, yo me fui muy joven de aquí… Y dejé un par de cosas inconclusas. Cabos que, a cientos de kilómetros, creí atar.
-Por eso nos preparamos en el Seminario. Pero recién afuera nos enfrentamos con la verdad…
-¿A usted le pasó?
-¿Dudar? A menudo… Pero cada uno debe lidiar con sus fantasmas, sin que eso suene a espiritista… -Juan le apoya una mano en el hombro a Marcos, en señal de comprensión-. Lo importante es purificarse en ese fuego, como dijiste en tu primer sermón, el domingo pasado.

Aquí encontramos una dificultad, Marcos, tiene miedo.

-Me siento incapaz de tomar la decisión correcta.
-Ya lo sabrás, ahora sólo dale el lugar que se merece al tiempo. Como siempre, se abren dos caminos: el camino ancho o el angosto. O dejas que pasen solas las cosas o te tiras a la pileta. Lo que sea, lo tenés que elegir.

Esta charla, muy parecida a una confesión, logró alivianar un poco a nuestro joven sacerdote confundido. Entre Juan y él, existía una linda y sana relación, a la que Marcos valoraba mucho, como también a las sabias palabras de su amigo. Era uno de esos instantes en los que uno se abre a la persona indicada, y ésta, responde con las palabras justas en el momento justo.

Pero no nos podemos olvidar de la invitación. Esa cena a la que Marcos terminó accediendo. Había llegado el día.

La casa de Lucrecia era cercana a la Iglesia, unas once cuadras de distancia. Era un hogar muy cómodo, tranquilo, familiar. La mamá de ella está contenta con la visita de Marcos, y preparó una rica cena para recibirlo. La mesa ya está servida.

Fueron las once cuadras más largas de la vida para el Padre Marcos. Fue en bici, pero a la cuadra decidió caminar. Parecía que sus pensamientos pesaban en casa paso que daba. Finalmente, llegó hasta la puerta. Toca timbre.
Como en toda casa, las mujeres arman alboroto cuando escuchan llegar al tan esperado invitado, y mandan al hombre de la casa, el padre de Lucrecia, a atender.

Marcos, estaba de civil.

-En serio estás distinto, me lo había dicho mi hija, pero no creí que era para tanto.
-Si, el tiempo cambia a los hombres. Pero lo importante es cambiar para bien…

En eso, viene desde la cocina a los gritos y saltos, la madre.
-¡Marquitos! Estás mas gordito, pero te queda bien. Vení y contame que tal marchan tus cosas mientras comemos… Hice pascualina. ¿Te sigue gustando, no?
Como un niño, el joven sacerdote asiente con la cabeza.

-Mamá, no acoses a Marcos. Ya es un hombre y, además, un cura…

Una vez en la mesa las conversaciones variadas vienen, van y vuelven a venir. Al igual que la pascualina, y después llegaría el turno del postre. Y asi va pasando el tiempo y la noche.
Hasta esos momentos estaba todo bien, todo en su lugar, tranquilo, todos pasando un lindo momento, reencontrándose, contando anécdotas varias, el clima era el ideal. Pero Lucrecia y Marcos sabían en su interior que debería llegar el momento de quedar solos y encontrarse…Pero esta vez, de verdad. Y ese momento llegó, cuando terminó la velada familiar, una vez que se despidieron todos hasta un nuevo encuentro, Lucrecia decide acompañar a Marcos.

Van los dos, caminando por una vereda. Él, con su bicicleta en la mano; ella, mirando las estrellas, que esa noche, parecían brillar más que nunca en el cielo de Montecarlo.

-Cuando te fuiste, pensé que tu ausencia alcanzaría para borrarte de mí, eso pensaba. Con el tiempo me dije que no y después que no y que sí y que no. Y así pasé tanto tiempo pensando en no pensarte que, sin darme cuenta, pensaba todo el tiempo en vos.
No te lo estoy reprochando. Te lo estoy confesando. Sos un sacerdote, ¿no?

Marcos, totalmente paralizado por las palabras que escuchaba le dice a su compañera que esas no eran cuestiones que él podía ni debía atender…Actitud que logra incomodar a Lucrecia que decide saludarlo, dando media vuelta, y se alejó de regreso hacia su casa.-

El sacerdote queda sentado en su bicicleta, mirando el piso. Agarrando el crucifijo que llevaba debajo de la camisa. De pronto comienza a llorar, y entre tanto sentimiento saltando en su interior, se acuesta en el piso bajo un árbol y se duerme, entre lágrimas y sentimientos.
Cuando se despertó, ya más despejado, regresó a su parroquia. Y ya desayunando, conversan con el Párroco sobre la fiesta patronal. No tocan lo que pasó a la noche. No quiere que Juan se entere, hace de cuenta que no pasó nada. Y hasta trata de convencerse a si mismo acerca de que esa noche no había pasado nada. Juan y Marcos se despiden hasta más tarde, había mucho que arreglar aún para la fiesta.

En ese momento queda el joven sentado, mirando fijamente un libro abierto que está sobre la mesa. Lo toma, lo abre al azar y lee en voz alta.

-“El Amor es tan superior, que nadie puede encerrarlo entre sus manos, sino que fluye y corre como el viento. Y sólo él decide dónde posarse. Y sólo él decide de dónde salir.”

Ese libro, en ese momento, en esa página, con esas palabras, en ese segundo de su vida, lo llevaron a tomar una decisión. En su expresión se nota que tomó una determinación. Reza agradeciendo eso.

Lucrecia, decide hablar con el párroco Juan y va a buscarlo. El Párroco que estaba llevando unas cajas para la fiesta patronal es interceptado por ella que sin dudarlo le propone tener un diálogo.

-Padre, necesito hablar con Usted. ¿Tiene tiempo? Es urgente.
-Hija, si de veras necesitas hablar, te escucho. Sólo dejame acomodar estas cosas -deja las cajas rápidamente sobre una mesita y se sientan.
-Padre, ¿cómo elegir a quien ya no amar?
-Hija, esa pregunta no deberías hacérmela a mí, vos tomate un tiempo para vos y pensalo. Date un tiempo. Es lo mejor que podes hacer en estas circunstancias. O en todo caso, hablalo con esa persona. No debe ser tan difícil, después de todo, el primer enemigo del amor no es el odio, sino el miedo.
Después de oír estas palabras, una sola cosa le importaba a Lucrecia.

-¿Dónde puedo encontrar a Marcos?
-¿El Padre Marcos? Se fue a Roma esta mañana. Tomó una de las decisiones más importantes de su vida.
-Gracias Padre. Espero no haber causado molestias. Hasta pronto.

Lucrecia se despide con una sensación de vacío, impotencia, bronca y, a los tres pasos, comienza a correr con desesperación hacia fuera, hacia algún lugar, sin saber a donde, ni porque, Lucrecia corría…
Y de tanto correr, empezó a disminuir la velocidad, y empezó a trotar, y después a caminar, cada vez con menos prisa.

Meses más tarde, todo era igual en Montecarlo, Lucrecia continúa trabajando en el negocio de celulares, ahora está escribiendo en un cuaderno. Pero algo no era igual, su mirada, Lucrecia ahora y desde hace un tiempo tiene su mirada triste.

Era un día miércoles, 24 de Junio, Lucrecia nunca se olvidará esa fecha, en la cual mientras estaba como todos los días cumpliendo con su rutina, empieza a escuchar a lo lejos y cada vez más cerca, un timbre de bicicleta. Y de golpe, al llegar a la puerta del negocio, Marcos tira su bicicleta y entra gritando al comercio.
-¡Lucrecia! ¡Lucrecia!

Al verse, se paralizan. Se acercan lentamente uno al otro. Se detienen a un brazo de distancia.

-Lucrecia, espero que no hayan sido tan eternos estos meses sin noticias para vos, como lo fueron para mí.
-Quizá fueron el doble para mí que para vos. Yo no aprendí a tener mesura como “ustedes”, los curas –con cierto tono irónico-. Lo que le había hecho Marcos había sido un golpe muy duro para ella, y ahora, tenerlo ahí le hacía recordar todo.
-¿A mis ex colegas decís?
-¿Ex? –sorprendida exclama ella-.
-Fui a Roma a pedir la excepción de las obligaciones sacerdotales. Decidí firmemente hacer del amor, parte de mi vida. Eso es una religión sumamente sagrada…
-¿Y en qué consiste ese estilo de vida que decidiste emprender?
-En amarte todos los días de lo que me queda de vida, si aceptas compartir la tuya conmigo también.

No existe palabra alguna capaz de expresar lo que le ocurría a Lucrecia por dentro. En ese momento Marcos le entrega una flor silvestre que tenía escondida en sus espaldas. Es el mejor momento de sus vidas, en el mejor lugar. Se abrazan y se besan. Como siempre o tal vez como nunca.

Finalmente, Marcos había tomado una decisión muy importante, quizá la más importante de su vida. Seguramente necesitó pasar por las otras instancias como para darse cuenta realmente de que su destino no estaría en un altar celebrando misas, sino en un negocio de celulares con Lucrecia…Su amada Lucrecia.


FIN



María Florencia Hernández

martes, 16 de septiembre de 2008

Crónica de un comienzo en el final: la historia no está contada

...cuento...

Lunes: el cielo está blanco y cae una llovizna muy molesta, de esas que hacen que uno tenga más frío, levante los hombros, el cuello se le desaparezca y se contracture. Decidí empezar a escribir este diario semanal a modo de testimonio, que tal vez me servirá en un futuro para recordar una semana de mi vida sin obviar el mínimo detalle: “recuerdo semanal de vivencias” lo llamaré, sí, es un poco largo.
Ayer va a ser un día que querré recordar y mi mente tendrá que esforzarse para lograrlo. Últimamente siento que se me olvidan las cosas, mejor dicho, no me las acuerdo. No es que las olvido sino que no me las acuerdo. Recuerdo situaciones importantes o comentarios trascendentes, y nada más. Los detalles, los comentarios anteriores al trascendente, o a una confesión o una declaración, mi mente no los registra. Y siento que de esta manera me estoy perdiendo partes de mi vida, capítulos anexos, el “backstage”, o los “extras” como de un DVD.
De chica siempre imaginaba que cuando tenga nietos, les contaría acerca de mis experiencias, de mis gustos o sobre mis modos de ver el mundo cuando era joven. También me imaginaba que si me convertía en una persona importante, mis seguidores querrían saber acerca de mi historia de vida, de mis cotidianidades y percepciones en mi juventud, las cuales me conformaron a ser aquella persona importante que me imagino llegar a ser. Si bien estos delirios carecían de realismo y eran completamente absurdos e ingenuos, me fueron útiles y muy constructivos. Me llevaron a darme cuenta que nada de esto podría ser posible si acudía únicamente a mi memoria. Descartando aquellas absurdas conjeturas sobre mi futuro, lo traumático dentro de unos años serían mis vagos recuerdos, vacíos en descripciones e imprecisos en detalles. Y no serviría de nada preguntarle a ajenos sobre mi joven vida, porque ya no serían mis percepciones sobre mis experiencias, sino la percepción de otros sobre la mía.
Por tal motivo decidí empezar a plasmar lo que vivía. No va a ser algo de por vida, ni anual, por que sé que no soy constante –y no me voy a sentar por el resto de mis días a escribir- , por lo cual me encontraría con un diario de vida muy incompleto, súper incompleto e incoherente, saltearía muchísimas partes, y en mis últimos días cuando lo lea, notaré que mi vida fue vacía, inconclusa e imprecisa. Entonces decidí que sea únicamente en un diario semanal. La idea es ir escribiendo día por día lo que me va ocurriendo, escribir el lunes lo que pase el unes, escribir el martes lo que pase el martes y así sucesivamente hasta llegar al domingo, la idea es esa...
Digo que mis vivencias de ayer serán un misterio porque no las escribí. Hoy me las acuerdo pero dentro de unos años, ¿me las acordaré?. Estuve muy decida a emprender este proyecto, pero no todo sobre él fueron decisiones fáciles. Me encontré con una cuestión bastante compleja: ¿qué semana elijo?, ¿por qué esa semana? ¿y si en otra semana me pasan cosas o vivo cosas que querré recordar? ¿o si en otra semana me va mejor? ¿y si el balance de mi vida se basara en este diario semanal, y si la semana que elegí para plasmar es una mierda, mi vida será una mierda?. Semejante cuestión la solucioné mediante el azar. Sorteé las semanas que restaban del año y la ganadora sería mi musa inspiradora, es decir, hoy es el lunes afortunado. El tema es que ya empezamos mal.
Hoy fue un lunes horrible y aburrido. Me levanté a las diez en punto, fui al baño a cepillarme los dientes con mi pasta para dientes sensibles que la compré especialmente para que cese esa sensación horrible en mis encías cuando como lechuga y mastico chicle. Quiero acordarme de esta sensación porque tal vez en unos años más no tenga dientes. Salí del baño y me fui a desayunar. Hay días que ni siquiera me lavo los dientes y voy de la cama directo a la cocina. A veces pienso que quizás el motor que impulsa que me levante a la mañana es el hambre. Lo cierto es que esta revelación es lamentable. Me tome un café con leche y me tosté 2 panes. Los unté con manteca y mermelada de frutilla y otro con queso blanco y mermelada también. Me encanta la mermelada y más me apasiona la de frutilla. Escribo esto para acordarme que cuando era joven me gustaba la mermelada de frutilla, tal vez cuando sea vieja mis gustos cambien o no recuerde esta boludez.
Apenas terminé el desayuno tuve ganas de vomitar, la leche a la mañana me da náuseas pero no se por qué nunca la dejo de tomar.
Hoy me vestí de verde, que es mi color preferido. Pero la producción no ayudó a que mi primer día sea divertido o al menos un poco interesante. Me maquillé como siempre, me delineé los ojos de color negro y me puse un poco de base para tapar las ojeras que últimamente están terribles. Nada más. No me gusta cargarme de maquillaje, me hace sentir sucia e incómoda.
En realidad no tenia por qué salir de mi casa, pero supuse que haciéndolo y estando en contacto con más gente me pasarían cosas interesantes. En mi casa generalmente no hago mucho. La televisión me aburre a pesar de sus 500 canales e internet ya perdió su magia para conmigo. A veces limpio, otras veces ordeno, otras leo o escucho música... la cuestión es que si me quedaba en mi casa no iba a tener sobre qué escribir. O lo que iba a escribir iba a ser completamente aburrido. Así que salí. Me pregunté a dónde iría, dónde encontraría situaciones interesantes que me gustaría poder recordar o personajes entrañables dignos de ser descriptos, pero no pude responderme. Salí de mi casa y me quedé en la puerta de entrada pensando hacia dónde me dirigiría. Me sentí tan insignificante y vacía de vida al querer inventar mi cotidianidad que casi lloro. Me percaté tan insignificante que sin pensarlo y abruptamente entré al departamento. Estaba tan cegada de odio y vergüenza que mis reflejos no funcionaron adecuadamente y las extremidades de mi cuerpo no respondieron las iniciativas de mi cerebro, de tal forma que cuando cerré la puerta (muy fuerte, empujándola) todos los dedos de mi mano quedaron incrustados en ella. Mis dedos estaban violetas y latían como si tuviesen su propio corazón. Me di cuenta que la puteada que más llega a expresar mi odio interno y mi bronca contenida es decir muchas veces “puta”, pero no “puta” solo, sino que combinado con otras palabras. Por ejemplo: “puta puerta”, “putos dedos”, “puta yo”, o “puta mierda”. Ésta última, la palabra mierda, me parece también bastante expresiva y siento que a veces llega a expresar mis retorcidos sentimientos. Me gusta pronunciarle muy fuerte la letra ‘r’, es como si cuanto más larga hago la pronunciación, más desquito mi bronca.
A raíz de este percance, inevitablemente me tuve que quedar en mi casa. Y lo peor de todo, no pude hacer ni siquiera lo poco que hago. Llegada la noche los dedos tomaron su color natural aunque todavía sentía que me latían, fue horrible.
A la tarde sonó el teléfono y era equivocado. No entiendo por qué cuando la gente llama por teléfono y se da cuenta de que discaron un número equivocado, sólo atinan únicamente a cortar. El hombre que llamó a mi casa preguntando por Clara y ante mi consiguiente respuesta de “No señor, está equivocado” no tuvo la sutileza o el modal de disculparse y colgó el teléfono sin siquiera dejarme terminar de decir “equivocado”. Cortan como con miedo, como si uno pudiese viajar por el cable del teléfono y acogotarlo del cuello, patearlo y escupirlo por discar equivocado. Puto pensé y colgué.
Como todavía no podía mover mucho mis dedos, no me costó decidirme por dormir una siesta. Dormí aproximadamente una hora y media. Cuando me desperté recordé que había soñado algo completamente incoherente, tan incoherente que ni siquiera puede ser escrito. Como esos sueños en que uno es uno pero con otra cara o con otro cuerpo, que está parado sobre el mar esperando un auto y haciendo el amor con un gato.
A las 7 de la tarde siempre me agarra hambre y me encuentro con el dilema de elegir entre merendar por segunda vez o “picar” algo. Como sabía que más tarde no debía cumplir con ninguna obligación, decidí cortarme un poco de queso, unas rodajitas de salame y tomarme una cerveza bien fría. En la heladera había tres cervezas, una rubia y dos negras. Empecé con la negra. Me encanta la cerveza. Prefiero morir antes de que llegue el día que me la prohíban. Siempre me pregunté cómo hacían mis abuelos para dejar de comer lo que durante 70 años comieron. Cuán traumatizante debería de ser el momento en que alguien te diga: “señora, las comidas que a usted más le gusta, déjelas de comer. La picadita, el vermut, robar dulce de leche a la noche, esas comidas con las que usted se deleita y come sólo por placer, olvídelas, porque las van a matar”. ¿Cómo puede ser posible seguir viviendo así?, ¿cómo se pude sobrevivir ante semejante represión?, ¿de qué vive el ser humano si no es de los pequeños placeres?. Unos panqueques con dulce de leche y helado de crema no se le niega a nadie. Y una cerveza negra helada con 30 grados de calor ni al más hipertenso. De sólo imaginarme estas situaciones, se me retuerce el estómago de infelicidad.
Ante semejantes pensamientos, me percaté de cuán afortunada era de gozar de buena salud y decidí aprovecharla. Me comí todo el queso, el salame y me tomé las tres cervezas en este orden: negra, rubia y negra.
No sé muy bien qué es lo que hice después, ni mucho menos lo que ahora estoy pensando. No voy a escribir sobre cosas que no estoy segura. Me voy a acostar y me voy a dormir.

Martes: El día se había recompuesto. Se asomaba el sol como tratando de tomar protagonismo, de a poco. Los ceniceros de mi cuarto estaban repletos de colillas. Debí de haber fumado mucho.
La vecina de abajo me despertó con sus gritos. No quiero ser como ella cuando sea madre.
Hoy me vestí igual que ayer y no me cambié las medias. El desayuno con gritos cambió mi humor, estuve todo el día con el ceño fruncido y dispuesta a pelearme con el primero que me contradiga. Pero nadie lo hizo.
Hoy a la noche voy a salir con Dante. A Dante me acuerdo cómo lo conocí así que no es necesario hacérmelo recordar. Supongo que iremos a cenar y después a su casa. Los dos somos de buen comer y beber, por eso generalmente salimos a cenar. Cuando tomo vino con Dante se me oscurecen los dientes. Mis labios se tiñen de morado y mis dientes de violeta. Es vergonzante porque se torna imposible tratar de ser sensual con la dentadura negra. Pero él siempre me desea por más negros que estén mis dientes. Igualmente, ya no voy a tomar malbec.
Hablando de Dante, me di cuenta que hace dos semana tenía que menstruar, es decir, tengo un atraso. Todas las fichas apuntan a él, estoy más que segura. No estuve con nadie más que con él. Pero no sé si se lo voy a decir, voy esperar unos días para darle tiempo a mi óvulo.
Tengo que imaginarme lo que va a pasar hoy a la noche porque mañana no lo voy a poder escribir. Mañana me toca escribir sobre mañana y ya no voy a poder volver atrás. Lo sucedido hoy se recuerda hoy, mañana es otro día. Esta regla que me auto impuse es una porquería. Me voy a perder de muchos recuerdos si la obedezco.
Seguramente, hoy voy a comer hasta explotar. Nunca pude salir a cenar y comer moderadamente. En mi casa no como pan con manteca antes de cenar, pero afuera lo hago. En mi casa no como grisines con la comida, pero afuera sí. En mi casa no me como mi plato y el de mi mamá, pero afuera me como sola un plato “para compartir”. Y por último, nunca como postre y menos un café después del postre. Pero afuera no veo la hora de terminar la comida para pedir el postre y aunque el botón de mi pantalón pida a gritos piedad, todavía me queda resto para un café. Admiro a aquellas personas con auto control, esas personas que dicen “hasta acá estoy bien, no más”. Yo diría, si hasta acá estoy bien, puedo estar mejor.
Me senté tarde a escribir y no tengo tiempo de contar más. Ya se hicieron las 10 de la noche y tampoco llegué a contar lo que pasaría con Dante. Espero acordarme, espero acordarme.
Todavía no estoy segura si le voy a comentar algo sobre su posible paternidad. Mejor no.
Voy a salir.

Miércoles: es una mierda que no pueda contar nada de lo que pasó ayer. ¿Puedo atentar contra mis propias reglas?. No, no vale.
Hoy cuando volví a mi casa me crucé con la puta de la vecina gritona (dije cuando volví a mi casa, así que acordáte qué hiciste ayer). Pero como hoy estaba de buen humor no le dije nada.
A la tarde pasé a visitar a mis abuelos. Tomamos mate y comimos pasta frola con edulcorante. Mi abuela hace la pasta frola con mermelada de frutilla porque sabe que me gusta. Es genial. Hablamos de mi semana y esta vez les pude contar con más detalle porque me acordaba de todo.
Les conté sobre la vecina que estaba re loca y que no me había dejado dormir y mi abuelo me interrumpió para contarme una historia que después me dejó pensando.
“Con tu abuela vivíamos en un tercer piso antiguo, eran, desde la planta baja 88 escalones para arriba.
Todas las noches nos sentábamos en la mesa del comedor a la hora de la cena. Casi todas esas noches veíamos pasar caminando por la cornisa del edificio al “Loquito”. Cada vez que pasaba por la ventana, nos decía: “Buenas noches, buen provecho señores”; y daba vueltas durante horas.
“El Loquito” tenía 20 años. Vivía un piso más arriba que nosotros y bajaba las empinadas escaleras caracol del edificio de Salta y 15 de Noviembre sentado en la baranda, resbalando hacia abajo.
Una noche, le pagaron para boxear en la sede de Barracas Central en Vélez Sarfield y Caseros. Antes de subirse al ring, pasó por el bar a comerse cuatro milanesas con huevos fritos. Imagináte, al primer trompazo de su rival, vomitó completamente todo sobre él, y lo llevaron directo al hospital.
Era un ladronzuelo, pero era muy respetuoso con los vecinos. Había estado preso varias veces por ratero, pero nunca nos robó, ni a los otros vecinos tampoco. Tenía códigos. Además, era muy respetuoso con las chicas del barrio.
En el café ni los muchachos ni yo le dábamos mucha cabida. Él se daba por aludido y nos amenazaba diciéndonos que un día agarraría una ametralladora y “tra tra tra”, nos iba a matar a todos.
Un día volvió a caer preso. Cuando salió se decía que era buchón de la poli. Sus ex - colegas se vengaron por la traición y una noche le pegaron 2 tiros en el talón del pie por alcahuete.”
Me acordé que esta historia me la había contado más de una vez. Yo no tengo historias de estas para contar. Ahora las historias ya no son así. Ahora está el paco, el éxtasis, las peleas entre mujeres o ver videos en internet de gente agrediéndose. Ese loco hoy en día no pasaría por mi balcón y me diría “buenas noches buen provecho”. Hoy el que trepa un edificio lo trepa para entrar a tu departamento, violarte o robarte lo poco que tenés. Cuando lea esto ¿habrá cambiado? ¿tendré alguna historia inocente y encantadora para contar?.
Cuando volví de la casa de mis abuelos compartí el ascensor con el vecino del 5 C. El vecino del 5 C tiene a la esposa que se llama Mariel. Siempre tengo miedo de que alguno del consorcio intente matarlo cortando el cable del ascensor sin saber que estoy yo adentro. Por las dudas me hago la resfriada, toso fuerte y suspiro como quejándome de mi estado gripal así me escuchan y no intentan asesinarlo conmigo adentro. El hombre debe pensar que vivo resfriada.
Los viajes en ascensor con otra persona son muy incómodos, primero, porque el ascensor es muy chico y uno viaja muy apretado, y segundo, no sé de que hablar. Tampoco sé por qué quiero hablar si no se de qué. ¿Por qué mejor no me quedo callada antes que hablar de boludeces?. Con el del quinto me referí al clima, se puso más lindo por suerte eh, no se podía ni salir. Qué conversación más insulsa que es hablar del clima. La conversación fue esa, me hubiese quedado callada.
Tal vez la historia que pueda contarle a mis nietos sea la de mi vecino y la canción de Sui Generis. Pero qué historia tan pelotuda. No es una historia, es una casualidad.
Se hizo tarde y tengo sueño, ya no quiero pensar en las historias, evidentemente no voy a encontrarlas. Mi óvulo sigue rebelde, mejor no pensar en él, es muy estresante.

Jueves: Perdí las medias en la cama y no tuve ganas de buscarlas. Hace muchísimo frío.
Tuve que cancelar lo que tenia que hacer porque me agarró una descompostura terrible, así que me quedé todo el día en mi casa. Odio estar descompuesta, pero no por el dolor de panza o los retorcijones de estómago, sino porque tengo que comer comidas insulsas y no tomar mate. Igualmente, que no pueda comer o tomar ciertas cosas no significa que lo haya hecho, por eso es que odio estar descompuesta: sé que soy la única responsable de mi malestar y sé que soy la única que puedo hacer que esto mejore, pero no lo hago, soy conciente de ello, pero no lo hago. Es horrible no tener ni siquiera esta estúpida iniciativa.
Estuve todo el día en mi cama (para que mi panza no tome frío), mirando el techo de mi cuarto y las sombras que el sol dejaba ver a medida que se iba escondiendo. Me sentí drogada al ver en las sombras figuras de animales o rostros de personas. Pero estas alucinaciones suelen ocurrirme cuando me encuentro en estado casi vegetativo, es decir, cuando no hago nada.
Por suerte pasada la tardecita me sentí mejor y tome mate libre de culpa. Era terrible el frío que hacía que me hubiese gustado tomar un vaso de whisky, pero no me gusta así que no lo tomé. Siempre me hubiese gustado que me guste para tomarlo cuando hace frío.
Hoy vino a comer mi tía. A mi tía ya sé como la voy a recordar, pero no se si recuerde lo que pasó hoy así que lo cuento.
Resulta que mi mamá cocinó tacos mexicanos. Mi tía es de esas tías que viajan, es escritora, soltera con muchos novios y muchos coitos. Yo le dije a mi mamá que su hermana se fuma todos los porros pero ella dice que no, dice que es una hippie sin fecha de caducidad. Esto que dice mi mamá no refuta para nada mi pensamiento, y ella lo sabe. Amén de estas conjeturas, mi tía es genial, me río mucho con ella y me encanta escucharla, aunque hoy no habló demasiado, pobre.
La cuestión es que como le gusta viajar, siempre nos comentó lo rica que son las diferentes comidas de los distintos lugares del mundo y es por eso que mi mamá eligió cocinarle una comida internacional. Pero nadie sabía que era alérgica a los picantes, ni siquiera mi tía.
Después de comer, pasaron exactamente cinco minutos cuando el cutis blanco y liso de mi tía empezó a erupcionar. Su cara mutó en una cosa roja llena de cráteres, se le empezó a hinchar la nariz y los pómulos, como si se hubiese inyectado colágeno, los ojos se le achicaron y parecía una vedette mal operada. Aunque no sabíamos lo que le pasaba, lo primero que hicimos (sin dudarlo) fue llamar al médico. Mi mamá supuso que podría llegar a ser una reacción alérgica y dijo que la tía podía morirse si se le cerraba la glotis. Me cagué del susto.
El médico llegó enseguida y le clavó una inyección que no me acuerdo el nombre porque esto pasó hace un rato y me olvidé. Dijo unas palabras en su “idioma médico” (ellos creen que uno entiende o saben que no entendemos nada por eso nos hablan así). Después de todo este episodio, mi tía nos contó que luego de que la pinchen se le durmió la pelvis y le agarró una picazón terrible en “sus partes”. A mi me dio mucha gracia porque yo la vi cuando se rascó. Pobre tía, yo le dije que había venido a comer su “última cena”.
Al final sobró un montón de comida y yo comí por mí y por mi tía, así sobraba menos. Estoy que reviento todavía.
La tía se fue a las once mas o menos. Me parece que me voy a ir a acostar.

Viernes: Me levanté cuatro veces a la noche, me la pasé repitiendo el picante, pero el vómito no llegó a concretarse. Las náuseas me hicieron acordar de mi atraso. ¿y si estoy embarazada?, ¿y si las náuseas no fueron causadas por el picante sino por el bebé que llevo dentro?. Ya esperé los días que dije que iba a esperar, pero no pasó nada. Hoy se lo digo a Dante.
Encontré el par de medias de ayer y me las puse porque estaban calentitas. Hoy ya no me siento mal y apenas me levanté me reí de lo que pasó ayer, al fin de cuentas fue gracioso.
Hoy lo veo a Dante. Me encuentro con él a la tarde y vamos a ir a pasear por la feria del Parque Centenario. Seguramente vamos a ver los puestos de antigüedades que tanto nos gustan pero que nunca compramos nada. Seguro que me voy a comprar unos anteojos de los años 30 que vaya a saber quien los usó. Siempre me gustó comprarme anteojos usados, tal vez pueda llegar a ver lo que vivió la persona que los usó en su momento. Tal vez pueda ver alguna historia digna de contar.
A la noche alquilaremos algunas películas. Cuando lea esto me preguntaré qué películas miraba con Dante, pero la verdad no tengo ganas de escribir.
Le voy a decir lo de mi atraso. No tengo la más mínima idea de cómo reaccionará. Yo estoy nerviosa. Y ansiosa. Ya me estoy desesperando.
Al mediodía me senté un rato en el sillón a mirar un poco de tele, para despejar mis pensamientos y de paso darle una posibilidad a la televisión de una reconciliación, de intentar ser amigas, pero evidentemente la televisión no es para mí. Los fragmentos de las dos películas a las cuales comencé a mostrarle interés, tenían como protagonistas o personajes a mujeres embarazadas. Y una fue terrible: la protagonista muere al parir. ¿Por qué cuando uno no quiere pensar en algo el ambiente exterior te obliga a hacerlo? ¿será una señal de que estoy embarazada? ¿o es que estoy tan paranoica que me tomo todo tan personal?, o bien, ¿una señal de que la televisión es una mierda? Eso seguro que sí.
Apagué la tele con miedo y terminantemente decidida a hablar con Dante. Ya tengo que salir a verlo...

Sábado: Dormí todo el día. La cama de Dante te absorbe la vida, es demasiado cómoda. A veces no tengo ganas de dormir, pero apenas mi cuerpo toca su colchón, me desvanezco. Dante no estaba para cuando me levanté, había salido a comprar pan para tostar. En otros tiempos comeríamos facturas y medialunas de grasa, pero parece que es comida para ricos de lo caras que están. Desayunamos un almuerzo, porque eran como las tres de la tarde.
Dante está enterado y no muestra síntomas de nerviosismo, a decir verdad, no muestra síntomas de nada. No sé en qué pensará. Vamos a ir juntos a la farmacia a comprar eso, ya lo decidimos. Me lo voy a hacer mañana apenas me levante.
Dante vino hoy para casa y conversó con mi papá sobre fútbol y unos impuestos, en fin, sobre temas que ahora no me interesan. No puedo concentrarme en nada de lo que hago, estoy tan ansiosa de saber que pasará mañana que mi mente se dirige sólo hacia esos pensamientos, estoy inútil e inservible.
Cuando veníamos para mi casa, vi a dos mujeres embarazadas. Me persiguen. Pero también vi a mujeres no embarazadas. Son dos señales y no se a cuál aferrarme.
Dante está en mi cama mirándome cómo escribo y me hace poner más nerviosa. Él dice que pierdo tiempo en escribir sobre mis días, porque estará él para contármelos. Por un lado me enojó cuando me dijo esto, sentí que no entendía mi necesidad de hacer lo que hago y me sentí incomprendida. Pero por el otro, me puso feliz, porque me quiso decir que estaría conmigo para cuando sea vieja: ¿indicio de que pase lo que pase estará conmigo?.
Me sigue mirando como queriendo que termine de hacer lo que estoy haciendo y que esté con él. Pobrecito, voy a ir.

Domingo: Me olvidé de hacer pis en el coso ese. Dante se enojó y yo también me enojé conmigo por idiota. Mi olvido implicó más ansiedad y el consiguiente aumento del consumo de cigarrillos: tuvimos que salir a comprar.
Ahora tengo que esperar cuatro horas más, siento que voy a colapsar de nervios. Tengo hambre y sed constantemente, estoy insaciable. Dante está conmigo y va a esperar a que me haga el test. Él también está nervioso.
Hoy es mi ultimo día del diario. Creo que no pude recopilar ninguna historia, solo la mía. En fin, el objetivo era ese, mi historia. Estos papeles los voy a guardar en un lugar muy seguro, tan seguro que jamás podrán perderse. Ahora me surgió una duda, ¿me acordaré en dónde los voy a guardar?, ¿y si me memoria me juega una mala pasada?. Por un instante sentí que todo había sido en vano. Pero la luz del optimismo y la esperanza en mi memoria me iluminaron, en realidad, no puedo ser tan estúpida.
Falta poco para que se cumplan las cuatro horas de retención. De tanto tomar y comer porquerías mi estómago no se está sintiendo muy bien, hace ruidos, ruge. Tengo el pis acumulado en mi vejiga y es bastante torturante. Quiero ir al baño, nunca deseé tanto al inodoro. Ya pasaron las cuatro horas, Dante dice que la termine con esto. Ya voy a hacérmelo. Ya lo hice, me hice pis en la mano. Qué asco. Estoy esperando, Dante está conmigo y me mira. ¿Qué pasará? Vemos el coso, mi diario termina hoy y estoy embarazada.

Violencia

...situación en movimiento...

Y el puño de Juan se aplastó contra la nariz de Ian. Fue el adiós a su nariz finita y respingada.
La sangre comenzó a caer, primero de a gotas y después ya rebalsaba, era imparable. Se desplomaba contra la alfombra verde que comenzaba a pintarse de rojo.
La furia de Ian se acrecentó aún más. Agarró una botella que estaba sobre la mesa y la partió contra la pared. Su rostro reflejaba un odio incontrolable y una furia tan perversa, casi demoníaca, que todos gritamos. La mitad de la botella cayó sobre el piso estallando en mil pedazos, la otra mitad quedó en su mano. Las puntas cortantes y filosas de la botella brillaban reflejando toda esta espantosa escena.
De repente, a pesar de nuestros gritos desesperados, el brazo de Ian con la botella se estrelló en la cara de Juan. Las puntas de vidrio se incrustaron en su rostro blanco, escondiéndose en su carne. Decenas de hilos, chorros y cuajos de sangre terminaron de teñir el verde de la alfombra. Pero el rostro de Juan tenía más color rojo, tal vez era la carne que le colgaba de los pómulos o el labio inferior que se le había partido en tres. La sangre desbordaba en el tapiz y todos tuvimos que levantar nuestros pies para no marcharnos los zapatos.
Juan se tapó la cara con sus manos y gritó de dolor. Pero los vidrios se penetraron más en su rostro que comenzó a llorar, a llorar tanto que la alfombra barrió su rojo y volvió a ser verde. Su cara ardía, estaba irreconocible. El rojo de la carne viva brillaba como un churrasco y Juan no podía hacer nada para cesar su dolor. Perdido y desesperado se desvaneció contra el piso sollozando a gritos, pero fue el alarido el que nos paralizó del terror. Los pedacitos de vidrio de la botella que Ian había reventado en su rostro, se le clavaron en todo el cuerpo llenándolo de agujeros. Una laguna roja se apoderó de la alfombra verde. El último llanto de Juan no pudo limpiarla.

N.K

Gargajos

...micro relato...

Sufro de un comportamiento casi compulsivo de solidaridad extrema con la vereda, avenida o calle, el cual no puedo evitar. Cuando salgo a la calle y veo a la gente con tanta naturalidad caminar, escupir y seguir caminando o escupir mientras caminan, se me retuerce el estómago. No puedo comprender ese acto violento contra la infraestructura urbana, no puedo entender por qué tanto desprecio hacia el piso. La falta de respeto, la falta de solidaridad, la muestra de humillación y el ultraje extremo hacia algo que nos permite circular diariamente. Es inevitable la sensación de asco que recorre mi cuerpo al ver el gargajo ajeno estallar en el asfalto. Es inevitable sentir que soy yo a quien el gargajo se dirige dispuesto a cubrir todo mi rostro y adentrarse en mi boca tratando de hacerme sentir tan desdichada como al piso. La repulsa, el odio y la impotencia se apoderan de mí, y comienzo a sentir el gusto del gargajo en mi boca; a veces es espeso, otras veces tiene gusto a enfermo, y otras (la mayoría) con sabor a nicotina. Tanto, tanto es el asco que me da sentir las salivas ajenas que, irremediable e inevitablemente escupo yo. ¿Podrá el piso disculparme?

N.K